En la industria alimentaria se priorizaba la estabilidad operativa, mediante procesos definidos y líneas diseñadas para fabricar productos específicos, con la menor variación posible. Este modelo permitió incrementar la eficiencia y escalar la producción de forma consistente; sin embargo, las dinámicas actuales del mercado han transformado las necesidades de manufactura y exigen operaciones mucho más adaptables.
Hoy las plantas enfrentan cambios constantes en la demanda, mayor diversidad de productos, ajustes en las formulaciones y variaciones en las materias primas. En este contexto, la eficiencia ya no depende únicamente de producir más rápido, sino de la capacidad de adaptarse a nuevas condiciones sin comprometer la calidad, la continuidad operativa o el control del proceso.









